María José Mir B.

Justo Pastor Mellado, abril 2013

Francisca Sutil, agosto 2009

Arturo Duclos, julio 2006

MEMORIAS DE FILIACIÓN

 

Todo habla en la obra de María José Mir. No hay detalles insignificantes. La artista es una geóloga que “viaja al centro de la tierra“, primero por los laberintos del mundo social y luego por los laberintos de la subjetividad personal. Recurro a dos historias de infancia que se encaraman sobre una misma cornisa metodológica, con el propósito de producir un efecto corporal, a nivel de obra. Por un lado, los cueros del Bío-Bío; por otra parte, las heridas en las rodillas. Los cueros significan lo húmedo; las heridas denotan lo seco. Ya con eso María José Mir instala una tensión en la cultura de la representación de aquello que hace naufragar el sentido y lo mantiene bajo de la línea de flotación de los recuerdos más inquietantes.

 

En términos empíricos, los cueros que flotan a medias aguas en el río provienen probablemente de las antiguas curtidurías instaladas en el borde del río. Durante el lavado, algunos trozos de cuero a medio curtir fueron a parar al río y quedaron a la deriva. Desde entonces navegan sumergidos reproduciendo su condición gelatinosa rica en fauna microbiana. Cuando un niño se acercaba a la orilla corría el riesgo de poner el pie sobre esta sustancia, disimulada entre la flora ribereña, cubierta con pelos de animal que habían seguido creciendo en medio de una masa viscosa que rápidamente se pegaba a sus piernas, produciendo la sensación de ser tragado hacia las profundidades. Las madres aterrorizaban a sus hijos para que se mantuvieran a distancia de las corrientes, asociadas a trágicas desapariciones en las aguas.

 

En el colegio, los juegos en el patio solían causar heridas en las rodillas. No había mayor goce para algunos escolares que mantener la herida abierta durante algunos días, pellizcando con los dedos los inicios de una costra que crecía conforme a la infección. Entonces, una leve presión en un costado hacía estallar un pequeño globo de pus, que contrastaba en su eyección con el resto de una costra que podía aumentar considerablemente su superficie. El juego consistía en impedir durante unos días los primeros auxilios y practicar el cultivo de una pequeña caparazón que se llenaba de signos eruptivos de carácter enigmático. Parecían condecoraciones dérmicas adquiridas en el curso de las grandes batallas de patio, portadas por los héroes de las jornadas escolares a título de simuladas escarificaciones que remitían a elaboradas ceremonias de iniciación.

 

En el trabajo de María José se combinan estas dos historias para dar lugar a objetos e imágenes, que ponen de manifiesto la utilidad organizativa del relicario y del escapulario. No hay cosa más atractiva en la infancia católica que la cercanía de estos objetos. Sin embargo, en este contexto aparecen desacralizados, sin por ello negarles el peso en la organización de las mitologías personales. Una reliquia es una parte del cuerpo de un santo digno de veneración. Pero aquí, es la propia multidimensionalidad de los cuerpos que se concibe como reliquia. He ahí la razón de por qué María José Mir produce retículas de alveólos que guardan un objeto cargado de experiencia: trozos de pelos, hebras de existencia, vestigios de deseos perdidos

 

María José Mir “fabrica” relicarios que se asemejan a escapularios, mediante una factura que recurre a elementos de cosmética básica, directamente vinculados a los cuidados del rostro, que dan lugar a blandos y semitransparentes medallones de tela que ejercen la función de guardapelos. No hay que olvidar que María José Mir proviene de las artes textiles y del vestuario. El escapulario proviene de los trajes de los monjes para proteger el cuerpo en las labores diarias. La labor del arte, el arte como labor, se asemeja a la regla monástica. De ahí la extrema pulcritud de esta obra.

 

En estos relicarios-escapularios María José Mir guarda un trozo de pelo. Y con esto no hace más que cumplir con la pequeña tarea griega a la que acude para auxiliar su procedimiento, porque sabe que el corte de pelo es una señal de luto y que su ofrenda en la tumba era desde ya una costumbre de la que ya existe suficiente información a través de Homero (Odisea: 4, 197; 24, 45. Iliada: 23, 46, 150) y Esquilo (Coéforas: 6), entre otros.

 

Así como el cultivo escolar de la costra corresponde a una ceremonia secreta de tránsito de la niñez a la adolescencia, el corte de pelo es un sustituto de un sacrificio humano: un ruto de pasaje. En este punto, en el Bío-Bío se desarrollaba una historia griega de pacotilla, porque es sabido que en ella los niños consagraban su primera cabellera a una divinidad, una ninfa o un río. Por eso, Orestes -que será motivo de ejemplo- había dedicado mechones de pelo al río Ínaco.

 

Sin ir más lejos, el corte de un fragmento de pelo es un signo que reúne a la fratría. En Las Coéforas (Esquilo), Electra comunica al coro que ha visto un rizo en la tumba de su padre, así como unas pisadas. ¿Qué le dice Orestes a Electra? “Trae esa trenza al lugar de donde la corté; mira esa tela que tejieron tus manos y las figuras de animales que en ella tejió tu lanzadera“. Esta es la memoria de las artes textiles de su origen. La lanzadera que escribe el relato de Filómela, que es un relato de violación y de perturbación de la filiación.

 

Una cosa lleva a la otra. Los guardapelos conducen a los escapularios, y estos, a la pilosidad recuperada como condición de amarre filial. ¿Qué es un escapulario, sino un pequeño trozo de tela de forma cuadrangular en que aparece representada una imagen religiosa que usan los devotos como colgante? María José Mir se fabrica un arte de la devoción, que solo recurre a esta figura del escapulario como un memorial del amor materno de Maria, que acoge a sus hijos con ternura de Madre que prohíbe el acceso a la ribera del río para proteger sus pies de la amenaza.

 

El terror envolvente de los cueros gelatinosos se articulaba con el goce encubierto de una cicatrización que dejaba instalada su pequeña memoria de superficie. El fantasma de la sumersión alcanzaba para mantenernos alejados del peligro escurridor, mientras que la costra produce vínculos con un universo cromático arcaico, en el que se anclan las miserias del comercio humano, porque hace resurgir el recuerdo del rojo de la sangre coagulada.

 

Estas dos pequeñas historias infantiles entretejen los procedimientos con que María José Mir pone en condición las obras de esta exposición, convirtiéndolas en objeto de una transformación simbólica que conjura la angustia ante la muerte. Los cueros son solamente una referencia arcaica, que cumple una función relacional para afirmar el rol de pilosidades flotantes que ponen en jaque las memorias de la filiación.

 

 

Justo Pastor Mellado abril 2013

 

 

 

 

Vi esta serie de cuadros de María José Mir por primera vez en su casa con luz natural de tarde de invierno, una tarde luminosa y gris. Veía en ellos una atmósfera difusa suave, fina, que actuaba  como espejo de la atmósfera de luz que asomaba desde el exterior. La tarde avanzaba, los colores se iban poniendo mas intensamente violáceos y otoñales como en los que predomina el color ocre. Miraba los nueve cuadros juntos y se me iban moviendo estos círculos llenos, los alvéolos o discos como María José los llama. Estos son discos mirados desde el frente ya que los discos, como los veo en mi mente, son como anillos de Saturno. Estos discos que tienen diferencias de color entre su interior y sus contornos, una diferencia que el ojo percibe en el inconsciente, se movían suavemente sin dejar mi vista reposar en el movimiento pero sí en el color, haciendo un contraste y produciendo un resultado refinado y apacible. Me pareció muy atractivo esta dicotomía de un color estable, plano, leve, muy mezclado, muy definido y este andar de círculos que vuelan a pesar de estar amarrados por una estructura de color gris neutro, idéntica en los nueve paneles. Estas líneas conectoras terminan a veces a medio camino, no siempre llegan hasta las orillas del bastidor dejando así abierta la conexión y creando un aire de libertad, de misterio y de tensión.

 

Luego me acerco y empiezo a tratar de descifrar porqué existe esta atmósfera en una superficie plana y me doy cuenta que hay capas, primero un lino, luego una gasa, organdí en realidad, materiales de la misma familia vegetal, algo elegido imposiblemente mas precisa e intencionalmente en su calidad de transparencia. Es un velo delgadísimo y entre estas dos pieles se aprisionan estos alvéolos que no se tocan en sus orillas por el hilván, una puntada de hilo muy tenue hecha por ella a mano. Cada cuadro funciona aislado y es único pero a la vez pueden ser trípticos o dípticos. Para apreciarlos, requieren de tiempo y silencio, solo ahí revelan su profundidad y quietud.

 

Cada uno de los materiales que participan son materiales nobles, esto importa porque esta característica no solo se ve sino que también se siente. María José viene del mundo del diseño, concretamente del mundo del vestuario del cual hizo su tesis en un magíster de historia del Arte. Este conocimiento es fundamental en las elecciones constantes que toma o descarta, en los accidentes que controla y en los que acepta como riquezas tal cual salen de los teñidos, en el cómo cose, como vincula, como ordena y como selecciona sus materiales de expresión. Sorpresivamente este cúmulo de conocimientos cercanos al arte, dan lugar a una transformación desde el mundo del diseño al mundo del arte y queda manifiesto en el carácter expresivo de sus obras, que son pinturas sin pincel y son Zen en la paz y en la armonía que irradian. Estas obras no tienen referencia al arte del Japón es solo una cercanía de sensibilidad.

 

Tienen un aire japonés, podrían evocar ramas en flor , sin embargo en una sensibilidad occidental podrían evocar enlaces moleculares. Estas imágenes pueden ser parte de un mundo micro o de uno macro dentro de la naturaleza. De hecho el conjunto se llama PHYSIS, que significa naturaleza en griego, pero esta palabra apela a una naturaleza mas basta que incluye todo lo creado, lo molecular y lo cósmico. Hay otro conjunto de pinturas en el que estos alvéolos están dispuestos en una grilla, uno bermellón en que los anillos están rodeados de un gris parejo, que genera un verdadero calor físico al mirarlo, uno gris casi negro en que los anillos tienes un descolor al centro, cuesta fijar la vista, es muy misterioso e invita a la contemplación, otro azul, tranquilo en que predomina por sobre todo el carácter de ese azul. Estas pinturas que buscan la perfección, me parecen muy personales y se siente en ellas una preocupación por alcanzar la máxima expresión con un mínimos de recursos, en esto, son frescos y contemporáneos, en ellos el menos es mas.

 

Francisca Sutil agosto 2009

 

 

 

 

Hace ya un par de años que Maria José Mir ha venido explorando consistentemente en su trabajo, las relaciones entre arte y economía libidinal, a través de una delicada facturación de veladas piezas pictóricas que bordean el límite de los géneros artísticos.

 

Literalmente éste límite, el género, el artístico y el material, es el que define los pequeños actos de producción de las operaciones visuales que ella emprende. Por una parte los materiales y las técnicas que delatan el origen textil como punto de partida y, por otra parte la plena reflexión visual que ella asume de éstos recursos para realizar una rigurosa investigación basada en la mancha y la veladura, soluciones esencialmente pictóricas, que son deliberadamente congeladas y materializadas con una decisión quirúrgica.

 

Esencialmente, los materiales aquí utilizados, organza, discos desmaquilladores, impresión, tintura y tinta china, rechazan la seducción voluptuosa de los óleos, empastes y texturas, para llegar a un grado cero sobre la reflexión del orden material de estos recursos tan básicos. Por eso es que parece tan sorprendente el resultado ante tan exigua materia.

 

Es en este punto donde surge el valor agregado de la obra y el carácter reflexivo de esta investigación, pues en todo orden de preguntas plantea específicamente la transmutación básica de la materia, materia tan precaria e innoble, en una sensualidad austera y contradictoria, porque permanece presente donde se debería negar. Es aquí también donde se verifica el valor consignado de economía libidinal, que plantea un conocimiento y manejo de los recursos productivos sobre una relación retentiva de administración, en pro de una búsqueda satisfactoria hacia una sensibilidad distinta, durante meses María José Mir ha estado aguja en mano adicionando las piezas monocromas de estas tramas.

No hay duda que, lo que la artista nos esta planteando nos introduce a un territorio indeterminado, abstracto, casi insignificante, pero es precisamente en ese lugar, en ese territorio ignoto, donde cobra valor este proyecto para abrir y hacer vibrar un nuevo tipo de conocimiento, basado en la rogativa persistente que sostiene la poiesis del arte.

 

Arturo Duclos, julio 2006